Hace 50 años falleció el político y poeta Julián Polanía Pérez
“Para algunos, Julián Polanía Pérez es nada más que un nombre, vacío a causa del desconocimiento generalizado de nuestra historia y nuestra literatura…”
Han pasado cinco décadas desde que Neiva y el Huila lamentaron profundamente la muerte deJulián Polanía Pérez (Palermo, 1933 - Bogotá, 1965), quien en ese momento ostentaba el cargo de primer gerente de las Empresas Públicas de la capital del departamento.
La semana había concluido para él con el cumplimiento de una citación a debate en el concejo municipal. Los argumentos en defensa de las medidas tomadas desde su cargo le significaron el aplauso y la felicitación por parte de algunos concejales, del alcalde Guillermo Plazas Alcid y de muchos ciudadanos de Neiva. Según Delimiro Moreno[1], la celebración del triunfo fue prolongada por Polanía hasta el domingo inmediato. En la mañana, llegó a Palermo para asistir a la fiesta de los campesinos (Gustavo Hernández[2] afirma, por el contrario, que su presencia allí se debió a la promoción, junto a la reina departamental Ana Milena Fierro, de la candidatura de esa localidad a la corona folclórica). Pasado medio día, su padre fue sorprendido en su casa de Neiva, por un conocido suyo que traía al joven gerente tendido e inconsciente en su vehículo de servicio público. De inmediato es conducido al hospital San Miguel. Había sufrido graves heridas producto de un aparatoso volcamiento ocurrido en la vía Palermo-Neiva.
El alcalde Plazas, conocida la gravedad de su estado de salud, dispone todo para su traslado a Bogotá, gestiona su recepción en el Hospital Militar y avala los posibles gastos de atención[3]. Al final de la tarde, arriba a la capital del país, acompañado de su hermano Ildefonso y del personal médico asignado. Durante la noche, los galenos hicieron esfuerzos ingentes por mantenerlo fuera de peligro, pero lamentablemente, alrededor de las dos de la madrugada del lunes 7 de junio, falleció.
De inmediato, miles de ciudadanos y altos funcionarios del gobierno, enterados de la noticia, se dispusieron a acompañar las honras fúnebres efectuadas en horas de la tarde. En el cementerio, hablaron el senador Felio Andrade, la concejala Teresa de Cantillo, el poeta Luis Ernesto Luna y el educador Parmenio Alarcón. Las sentidas palabras del senador, fueron suministradas concienzudamente por Óliver Lis, sin que se tenga todavía conocimiento del medio en que fueron publicadas. A continuación se transcribe un fragmento de ellas:
Agobiado por el dolor, y embargada mi alma por inmensa nostalgia, vengo a colocar sobre la tierra que tanto amo, el despojo del compañero y camarada de tantas horas de incertidumbre, de derrotas y triunfos: Así amasamos la entrañable cordialidad que nos ligaba.
Era generoso y amable el compañero; impetuoso y vivaz; su mente divagaba entre el amor, el sacrificio y la ambición, pugnando siempre por victorias perfectas.
Era sincero y fiel, como el amigo que todos esperamos encontrar, como alter-ego; sin sombras ni vislimbre [sic] de traición en sus acciones: Diafanidad pregonaban sus palabras y un acento de angustia lo encendía.
El noble camarada siempre supo esconder en su sonrisa -abierta y rotunda como el cielo- un dejo de truncas esperanzas y lampos de ensueño en sus pupilas.
Se ha ido el bizarro capitán en un instante, cuando ya el éxito rondaba su existencia, como signo y consigna. Demostró ser eficaz y persistente ejecutor de destinos sin eclipse.
Murió coronado de dolor, y en su cabeza, sólo cupo la eternidad como consuelo. Pero queda en nosotros: Era un símbolo de superación, de voluntad, de inteligencia.
Con el recuerdo, sus ideales serán la poesía que quedó sin concluir, como velamen sin insignia, como fuego sin llama, como amor sin ternura.
Para quien habla, termina ahora algo que como propio cultivaba: Era el renuevo, la fe, la codiciosa ambición de que una causa común, jamás perinclitara [sic].
Pero no fueron estas las únicas voces en que la ciudadanía se vio representada en su tristeza. Ángel Santacoloma[4] escribió, con gran pesar, lo siguiente (fragmento):
Su muerte es otra punzada en pleno corazón neivano. Un joven más de valía intelectual, que ese hado reacio y caliginoso, ensañado contra Neiva, nos quita trágicamente. Sigue con Julián la tala nefasta de los mejores. El mismo sino infortunado que anonada al infeliz Huila, como predestinación de tétrica potestad, desde que se llevó a la tumba a Reinaldo Matiz en 1924, en la plenitud extraordinaria y poderosa de los cuarenta y un años de edad; y a José Eustasio Rivera, en la primavera exultante de sus treinta y nueve. Como si esta tierra desgraciada, donde la estupidez prolifera, pudiera darse el lujo, circense y bárbaro, de aquel despilfarro de sus mejores inteligencias.
En el umbral de los treinta años, en el alba clara de su vida, en la tenuidad de sus sueños, en el terciopelo de sus ilusiones moceriles, cuando aún no se había ocultado el titilante lucero miguero de sus primeras ilusiones para recibir el sol en pleno rostro, había enriquecido ya con las páginas de su numen, las escasas, bellas letras comarcanas.
Rotos los remos de sus fantasías poéticas, cayó desde la altura azul de sus vuelos imaginativos a romperse el cristal de su vida púber contra el lúgubre risco que guardará sus huesos y su cráneo, que fuera urna de promisoria y bella inteligencia.
Del Centro Cultural del Huila, al cual había pertenecido Polanía, surgieron palabras cargadas de desconsuelo. Estas son algunas de ellas:
Inevitable es la muerte y solo ella tenemos seguro los mortales. Frente a su presencia surgen las más diversas reflexiones y buscamos el consuelo de la conformidad en los divinos designios. Esta conformidad viene a nosotros con relativa facilidad cuando la parca visita a quien después de largos años ha cumplido una jornada y ha rendido a la vida el tributo de su trabajo y de acción fecunda. Pero difícilmente viene a nosotros cuando troncha la existencia de un joven.
Tal es el caso de la pena que nos asiste ahora que contemplamos la existencia de Julián Polanía Pérez doblada por el huracán como espiga plena de frutos verdes que esperaba la sazón para enriquecer el granero paterno[5].
Partía para siempre uno de los autores que en 1958, había fundado junto a Gustavo Andrade Rivera, Ángel Sierra Basto, Luis Ernesto Luna, Rubén Morales y Daríor Silva Silva, el grupo literario Papelípolas. En septiembre de ese mismo año, su poemario Noción de pesadumbre (1958) había comenzado la pretendida y ambiciosa colección de poesía papelípola. Al año siguiente tratando de radicarse, sin éxito, en Bogotá, escribiría un libro de cuentos y una novela de los que no se tiene más que el título: Grietas y La Fatiga. Terminará regresando al Huila para dedicarse de lleno a la política, logrando en 1960, una curul en la Asamblea Departamental, avalado por el Partido Conservador. A finales del año siguiente, su liderazgo se hará notorio al tratar de frenar la dilación que sus colegas oficialistas daban a las sesiones extraordinarias, instaladas por el gobernador Julio Bahamón Puyo y levantadas abruptamente por él mismo. Polanía Pérez, Manuel Salvador Molina y siete de sus colegas, trataban de aprobar el proyecto de ordenanza que determinaría, entre otras cosas, las asignaciones laborales de los empleados departamentales para el siguiente año, que les significaría una mejora en sus salarios. Transcurriría solamente un año, antes de que el mismo Polanía, ya reelegido para un nuevo periodo legislativo, señalara al gobierno de Bahamón como el responsable de la crisis económica que sufrió en ese momento el departamento.
Mientras tomaba un receso en la rama legislativa, resulta elegido para asumir la personería municipal. Desde ese cargo “planeó, estructuró y ejecutó un plan para solucionarle a Neiva los cinturones de miseria que ya la asfixiaban”[6]. Mientras esto ocurría, el escultor antioqueño Rodrigo Arenas Betancurt, arribó (muy probablemente entre los meses de enero y mayo de 1964) al departamento del Huila. Tras su llegada, entra en contacto con el alcalde Guillermo Falla Falla y en medio de los diálogos con él, con Julián Polanía Pérez y el arquitecto Fabio Afanador Tovar, surge “la idea de levantar […] un monumento, precisamente a la Gaitana”. Sin embargo, “la cosa se quedó mas [sic] o menos en el aire […] y no se llegó a ningún arreglo concreto”. Según el propio Arenas, el proyecto no fue, sin embargo, entregado del todo al olvido y “años más tarde, el ya Presidente doctor Misael Pastrana Borrero” lo hizo localizar para conocer el proyecto. Transcurrieron diez años del primer viaje del escultor a territorio opita antes de que la monumental escultura recibiera por primera vez la brisa del Magdalena. Cuando finalmente fue inaugurada le preguntaron “al gobernador Héctor Polanía Sánchez de quién era la idea del monumento [y] respondió sin vacilación: ‹‹Del doctor Misael Pastrana Borrero››”[7].
Tras culminar su labor como personero, fue designado por el nuevo alcalde (Plazas Alcid), para administrar las Empresas Públicas. Al frente de ella, gestionó el reconocimiento de personería jurídica por parte de la Gobernación. Su capacidad en la administración de la entidad, sería reconocida por Ángel Santacoloma, de este modo: “Valiéndose de las redes viejas, […] Julián había hecho el prodigio de abastecer de agua a la ciudad crecida y a sus nuevos barrios, tan mágicamente que parecía poseyese la vara portentosa de Moisés para hacerla saltar, rauda y provisoria, del pedernal rocoso”[8].
A lo largo de estos años, ha sido su poesía, antes que su trabajo como político, funcionario público o fugaz periodista (fue corresponsal por unos meses del Periódico El Siglo), la que ha acaparado la atención de críticos y estudiosos que han escrito sobre su vida para sus los compendios sobre literatura del Huila. El énfasis ha recaído en su poemario de 1958 y en el opúsculo Narración de los rostros vivientes (1963), dejando de lado, por ejemplo, un poema como “Son raza de búhos” (1964) que, para el autor de estas líneas, es la evidencia última de la madurez creativa a la que Polanía estaba llegando. Pero también en este medio siglo que se cumple sin su presencia, buena parte de su obra ha permanecido oculta a los lectores. Y quienes han asomado la mirada a sus versos, desconocen varias publicaciones en las que podría rastrearse más de sus logros estéticos. Hoy, aún después de encontrar el que considerarse sus primer poema (“A mi corazón” de 1950), la versión primigenia y extensa de “Elogio de la fantasía” (incluido en el Índice Poético del Huila, 1957) y la reedición de otro, en el Periódico Tribuna (1959) de Ibagué, queda por rastrear su participación en medios escritos de Santander, donde laboró para el ejército entre 1953 y 1957, aproximadamente.
Para algunos, Julián Polanía Pérez es nada más que un nombre, vacío a causa del desconocimiento generalizado de nuestra historia y nuestra literatura, muy a pesar de las estrategias gubernamentales de fortalecimiento de la huilensidad, que no han derivado, sin embargo, en la observación atenta a aspectos distintos a las festividades de este mes. Viene siendo tiempo de dar un vistazo juicioso a varios autores a quienes no se les ha dedicado el merecido análisis de su obra. Pienso en Silvia Lorenzo -entre muchos otros-, de quienes se puede encontrar brevemente reseñadas y analizadas sus creaciones literarias junto a importantes semblanzas que se convierten en el escalón primario para un acercamiento más riguroso. Si no indagamos en nuestro legado cultural ¿cuál es el terreno abonado en el que labramos nuestro destino? Un gran cúmulo de mujeres y hombres –muchos en la periferia de la política- también regaron su semilla para el siempre anhelado florecimiento de esta “tierra nutricia” y permanecen aquilatados en anaqueles de olvido, sometidos a grave desidia, porque el alimento espiritual sigue siendo en el Huila interés de pocos.
Moreno, Delimiro. (1995). Los Papelípolas. Ensayo sobre una generación poética. Santa Fe de Bogotá: Vargas Editores. (72).
Hernández, Gustavo. (1965, Junio 8). “Falleció el exdiputado Julián Polanía Pérez”. Periódico El Siglo. Bogotá: Editorial Kelly (13).
Moreno, D. (1995). (73).
Ángel Santacoloma, Augusto. (1965). “Julián Polanía Pérez”. Revista El Bronce. (7). Bogotá: Editorial Kelly. (12).
Vargas Motta, Gilberto. (1965). “Julián Polanía Pérez”. Revista Huila, (IV), 20. Neiva: Imprenta Departamental del Huila. (13-14)
Moreno, Delimiro. (1995). (70)
Moreno, Delimiro. (1974). “El maestro Arena Betancur”. La Gaitana o América Libre. Neiva: Imprenta Departamental del Huila. (40).
Ángel Santacoloma, Augusto. (1965). “Julián Polanía Pérez”. Revista El Bronce. (7). Bogotá: Editorial Kelly. (13).
