Hace 32 años sepultamos a Rodrigo Lara Bonilla
Ese lunes salí del despacho de la alcaldía hacia las siete y treinta de la noche, iba a terminar de cruzar el parque cuando llegó corriendo Jesús Antonio Delgado, a quien Rodrigo Lara le colocó El Campesino Rebelde.
Por Jorge Eliécer Peña Artunduaga
Llorando como un bebé se me acercó, pensé en una tragedia familiar… “¡Mataron a Rodrigo Lara!”. Sí que lo era porque el ministro era parte de nuestra familia y había entrado por la puerta grande con su corazón inmenso sin darnos nada.
Nos sentíamos orgullosos de contar con su amistad, de decirles a amigos y ocasionales malquerientes que habíamos compartido con el Ministro, deleitándonos con sus apuntes, escuchando sus consejos y su cátedra política; y siempre en oposición, haber llegado donde estaba por sus principios inquebrantables, ideales democráticos para servir a la gente.
Nos fundimos en un solo abrazo y muchos más a medida que la gente se acercaba. No podíamos creer que le hubieran hecho daño a este paradigma de la justicia, pero la realidad era evidente. Iván Darío Guizao y Bayron de Jesús Velásquez lo habían asesinado esa noche, ad portas del 1º de mayo, cuando las clases obreras se preparaban en sus sedes para marchar en el Día del Trabajo.
La televisión pasó imágenes sobre su vida y trayectoria política, las emisoras hablaban del rechazo y repudio que la noticia causó en Neiva y municipios caros a su movimiento y en El Agrado donde dos meses antes compartió “como Pedro por su casa” y y afirmó que se llevaba en el corazón la grandeza de Rojas Garrido. Marchas silenciosas y pañuelos blancos recorrieron las calles del Huila por el ser querido que había partido para siempre.
Todo estaba consumado, había terminado el viacrucis, la pesada cruz que empezó a cargar desde el momento de su posesión, la descargó aquella noche. Se acabaron las llamadas amenazantes a su hogar, las injuriosas a su despacho, las rondas a su residencia, los seguimientos a Nancy y a sus hijos, los sufragios con el Corazón de Jesús atravesado, las misas diarias pagadas al Vaticano por un año, los gritos incontrolables de Rodrigo a sus ocho años, con sus manos ensangrentadas: “¡Papá, papá!, ante lo inevitable.
En el carro quedó el libro de Colson, exasesor de Richard Nixon, el cual pagó prisión por Watergate y su dedicatoria final “Para el Ministro Rodrigo Lara Bonilla, en todos sus caminos piensa en Dios y Dios allanará tus senderos”.
MAYO 1º
Su cuerpo fue velado en el Congreso, por el Salón Elíptico desfilaron para darle su postrero adiós a quien se la jugó por la dignidad de la patria, desde las altas personalidades hasta la gente humilde que, en su mayoría, aprendió a querer a este opita corajudo y locuaz pero por sobre todo, condolido por la suerte de su patria.
En la Catedral Primada fue despedido con un Te deum, su nave es colmada, diplomáticos y nacionales le expresan su solidaridad a familiares y allegados. En la Plaza de Bolívar, una sola voz se escucha: “Rodrigo, amigo, el pueblo está contigo”. Las sirenas anuncian el paso del cortejo fúnebre desde la Catedral hasta El Dorado, miles y miles de colombianos lo ovacionan.
El avión presidencial con parientes, familiares y la familia del Ministro inmolado surca los aires para llegar a Neiva donde el aeropuerto está colmado de miles de huilenses, quienes desean rendir un último adiós a su paisano. En sus calles hay manos con flores como el arco iris, pañuelos, banderas y cabizbajos y meditabundos huilenses, con el llanto apagado. La fuerza pública es impotente para contener la multitud que lo acompaña a la Asamblea Departamental, donde permanece en cámara ardiente. A partir de esa fecha, el recinto de la corporación lleva su nombre inmortalizado.
MAYO 2
Llevan la palabra, el Presidente Betancur, Luis Carlos Galán, el gobernador, Antonio José Villegas Trujillo, el Representante a la Cámara Julio Bahamón Vanegas, Jorge, el hermano de Rodrigo, y finalmente, a nombre del Congreso y la Dirección Liberal, el Senador Guillermo Plazas Alcid.
De la Asamblea a la Catedral, como el poema de Silva –¡y eran una sola sombra larga! ¡y eran un sola sombra larga!- cargan el féretro entre otros, Luis Carlos Galán, Arismendi Mora, el Ministro Jorge Valencia Jaramillo y Julio Bahamón Vanegas. Allí en el recinto sagrado, Monseñor Rafael Sarmiento Peralta en una homilía magistral retrata la vida de Lara y lo coloca como ejemplo para las generaciones.
Al terminar la Eucaristía, ese río humano se encamina a Jardines EL Paraíso y, horas después, el cuerpo regresa a la tierra que lo vio nacer sin haber cumplido 38 años.
Sobre la losa de su mausoleo el poeta escribió: “Aquí yace la oratoria de José María Rojas Garrido, la jurisprudencia de Francisco Eustaquio Álvarez, la risotada versicular de Régulo Suárez, la aguerrida estirpe y ternura de La Gaitana, la intrepidez solo comparada con Los Potros de José Eustasio Rivera, el heroísmo de Sósimo Suárez y Cándido Leguízamo, la verticalidad y consistencia del roble, las aguas del Magdalena, que se escaparon de sus venas con la muerte”.
Treinta y dos años después, la llama eterna está apagada, su mausoleo no tiene dueño ni doliente definido y sus restos no están.
Para evocar siempre a Rodrigo Lara Bonilla, los que hemos sido fieles a su memoria y no nos hemos aprovechado de su legado, repitamos con Rivera: “¿Y quién cuando yo muera, consolará el paisaje?“.

