martes, 07 de julio de 2026
Actualidad/ Creado el: 2017-04-07 08:54

A la gobernadora del Putumayo se le olvidó llorar

La mandataria encabeza la lista de los damnificados y está dedicada día y noche a aliviar la suerte de sus coterráneos, afectados por la tragedia del sábado pasado.

Escrito por: Redacción Diario del Huila | abril 07 de 2017

Mercedes Ruiz, es una mujer morena de 47 años que no para de llorar porque su esposo y sus dos hijos de 5 y 9 años se los llevó la quebrada La Taruca. Miguel Ángel, su esposo,  fue arrastrado por la avalancha cuando intentaba sacar a sus dos hijos, y la casa quedó en cuestión de segundos desbaratada por la fuerza de la creciente. Mercedes se atormenta cada vez que le llegan a su mente las imágenes del último segundo cuando vio a los muchachos y a Miguel Ángel chapaleando en el barro para no dejarse arrastrar. Sin embargo, desaparecieron y hoy deambula solitaria en el alberge de la ITP, esperando que le den en cualquier momento la mejor noticia.

Claudia Inés García, arribó a Mocoa el viernes en la tarde en medio del aguacero, contenta porque se iba a encontrar con su prima Fátima y con sus tíos que no veía hacia tres años después de haberse ido a vivir a Cali donde estudia Derecho. Rosendo y Ligia le abrieron la puerta emocionados porque por fin la volvían a ver. Esa tarde después de los abrazos, Rosendo compró en la tienda medio palo de cerveza para celebrar la abrupta, pero emocionante llegada de la sobrina, quien desde que pisó el quicio de la puerta no dejó de expresar su emoción porque estaba a solo dos semestres de convertirse en la nueva abogada de Mocoa.

A las 2 y 40 de la madrugada, después de las cervezas y un pollo asado con yuca, arroz y maduro, se fueron a la cama porque les esperaba un sábado de bautizo, cumpleaños y mucha rumba, pero cuando apenas habían colocado la cabeza en la almohada, la avalancha les borró todas las ilusiones. Claudia Inés desapareció, su tío quedó gravemente herido, sus dos primos y la pariente política también entraron a formar parte del incalculable inventario de desaparecidos. El tío Rosendo solitario, ahora se pasea tratando de lidiar la tristeza de la soledad y la muerte por el extenso pasillo del hospital de Mocoa donde se repone de las heridas del cuerpo, pero se queja de las cicatrices imborrables en el alma. Todos los suyos se fueron, le contaron que en el cementerio de Normandía hay un cuerpo que se parece al de su sobrina, pero la enterraron el miércoles  sin que él se diera cuenta, porque estaba en alto grado de descomposición y se requerían exequias de urgencia.

Los tíos, los sobrinos, los hermanos, los cuñados y todos los familiares de los muertos en Mocoa,  lloran y lloran desde la madrugada del sábado cuando la desgracia acabó con sus esperanzas, destrozó sus sueños y se llevó todo. Algunos ni siquiera pudieron enterrar a sus muertos, otros no los han encontrado y muchos temen morir de abandono porque las ayudas son lentas y la miseria es lo único seguro que les queda.

Sin embargo a todos les ha quedado tiempo de sobra para llorar, para recordar a los que se llevó la Taruca, menos a la gobernadora del Putumayo  Sorrel Aroca, quien en la madrugada del sábado debió salir corriendo de la casa con su hija en los brazos porque estuvo a punto de ser arrastrada por el río Sangoyaco.  Se salvó de milagro, pero hoy es una damnificada más porque su vivienda quedó destruida y tuvo que desocuparla.

Yo la entreviste cuando terminó de presidir el tercer Punto de Comando Unificado, después de 7 horas consecutivas de trabajo, planificando la reconstrucción de la ciudad y buscando soluciones para los miles de damnificados que lo perdieron todo. Cuando le pedí que recordara lo momentos que debió padecer con su hija cuando llegó la avalancha, me miró con tristeza y estalló en llanto, tapó con  la mano la grabadora y se dedicó a llorar.

Cuando logró abrazar la calma, me dijo que no había tenido tiempo de recordar ese momento, y que solamente hasta ahora, fluía la tristeza. “No le ha quedado tiempo de llorar gobernadora, la hemos visto trabajando todos estos tres días”.  Si es cierto, respondió, a la vez que por las mejillas rodaban lágrimas gruesas e intensas que no le permitieron continuar con la entrevista.

Gracias periodista, no puedo más, y salió corriendo a tomar nuevamente su silla en la sala de crisis desde donde se toman las decisiones sobre cómo se debe manejar la tragedia que envuelve a Mocoa desde hace siete días.